Posteado por: entremildudas | diciembre 20, 2009

Soldados de la cobardía

La niebla lo cubría todo. Faltaba poco para el amanecer. Los soldados, tumbados sobre el barro de la ladera. La avanzadilla española acechaba a un poblado indígena. Querían echarlos de allí, para advertir de su poder al resto de tribus.

Las espadas enfundadas. Las caras tiznadas. La ropa cubierta de barro. El camuflaje era perfecto. El soldado que iba en cabeza, levantó un brazo. Era la señal. Avanzaron veloces. Cuando faltaban escasos metros, desenvainaron las espadas. En la mano izquierda vizcaínas y puñales. No usarían armas de fuego esa noche. Buscaban el factor sorpresa, ya que los indios eran numerosos.

Los centinelas indios estaban desprevenidos. Los españoles eran buenos en lo suyo. Eliminaron a los vigías sin mayor problema. Pero les dio tiempo a dar la alarma. El griterío consiguiente fue ensordecedor. A gritos de “Viva España´´ y de “Por Santiago´´, los españoles cerraron filas. Necesitaban abrirse paso hacia el corazón del poblado, para hacerse fuertes allí. Sinceramente, no les costó, ni esfuerzo ni hombres. Sus armaduras eran mejores, sus armas insuperables, su adiestramiento minucioso.

Cuando se impusieron a sus enemigos, los españoles se dispersaron. Era el momento del saqueo. Tenían permiso de apropiarse de todo lo posible. Era su recompensa. Robar era el fin de muchos de aquellos soldados. Pero no sólo lo material les interesaba, violar era el otro fin de los soldados. Ponerse las botas. Aprovecharse, forzar  a criaturas inocentes. Luego las mataban, así eliminaban testigos. Evitaban que cualquier  superviviente hablara, o peor aún, buscara venganza.

El capitán agarró por los pelos a una muchacha. Se resistía. Tras unos golpes, se dejó. Sumisa ya, apenas se resistía. No podía. La tiró al suelo. Le propinó un par de patadas. Lo suficiente para asegurarse que no se opusiera. Se desabrochó los pantalones. Los soldados hacían corrillo, tenían la esperanza de recoger los restos, follarse a la joven después del jefe. Pero el capitán se aseguraba ser el primero. Habían cogido a la más guapa de la tribu. No vacilaron en matar a su familia. Ella sabía lo que le esperaba. Intuía que saciaría el deseo carnal de aquellos monstruos. Cuando fueron pasando uno a uno por ella, empezó a suplicar la muerte. Necesitaba esa liberación, ir con los suyos.

Dejaron destrozada a la muchacha. Ninguno la mató por piedad. La abandonaron a su suerte, la de las alimañas. Corazones insanos. Corazones podridos. Corazones impíos. Corazones sucios, que sólo tenían hambre de oro y poder…

Gléz-Serna

AVISO: He reescrito un relato mío muy antiguo. Es un relato que considero duro, por lo que narra. La crueldad que nuestros ancestros llevaron a cabo en la conquista de Suramérica.


Responses

  1. Lo triste es que es una historia que aún perdura, y se repite una y otra vez…

    • Cierto, y por desgracia se repetira eternamente…


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