Posteado por: entremildudas | diciembre 22, 2009

Dos en la ducha…

Javier era muy joven. Inocente cómo alguien de su edad.  Javier tenía catorce años, aunque gustaba decir que tenía quince.

Javier vivía un infierno personal. Se sabía diferente al resto. Cuando entraba en el vestuario, después de sus clases de tenis, solía fijarse en las pollas de sus compañeros y amigos. Lo hacía de reojo. Era consciente de que a esa edad, si se enteraban, lo marginarían. Pero Javier aún no entendía de sexualidades, se dejaba llevar por sus impulsos. Era la edad de sus primeras masturbaciones.  Por supuesto, no entendía, por qué le gustaba tocarse pensando en algún chico, y le repugnaba pensar en alguien del sexo femenino. Sufría en silencio, como se sufren las almorranas, ya que no se atrevía a consultar sus miedos con nadie. No fuera a ser que lo tacharan de diferente.

Javier lloraba muchas noches. Lloraba, porque se iba dando cuenta que le esperaba una vida muy dura. Se percataba que sufriría como pocos, los pocos que no siguen las normas del amor. Aunque a Javier, en el futuro, nunca le importarían opiniones ajenas, en aquel entonces si le afectaban. Suplicaba por ser uno más entre sus amigos. Le repugnaba, condicionado por la sociedad, enamorarse de los demás chiquillos. Cuando sus amigos decían alguna guarrería sobre las niñas, a Javier le daba asco. Al principio, les seguía la corriente, al final, acabó no participando en los comentarios, ignorándolos.

No obstante, un día, en las duchas del vestuario, tocó el nabo de un amigo, con la excusa de una paja mutua. El comienzo del mariconeo. Javier sintió un gusto muy peculiar, indescriptible, al menear aquella cosa. Le divertía. Pensó que las chicas eran demasiado listas, que por eso les gustaba hacer  aquello a los chicos. Javier y su amigo compartían esa tarde la misma ducha. Al comprobar que su amigo también gozaba, Javier decidió ir un poco más lejos. Se agachó. Dispuesto a tragar. Decidido a lamer. Convencido a chupar. Persuadido a jugar con su lengua. Ganado por aquel pene, Javier no se daba cuenta de que estaba firmando su condena de muerte. Ya que se aficionó de veras a fumar de rodillas. Mordió suavemente los testículos de su amigo, estaban duros, se notaba que también deseaba pasarlo bien. Y no lo sé, pero seguro que acabó también, unos años después, en algún bar de ambiente, amando cuerpos como el suyo. Es decir, que era también maricón seguro.

El agua que caía de la ducha, producía un ruido monótono. Les caía encima, empapándolos. El amigo apoyado de espaldas en la pared de la ducha, agarrando con sus  manos la cabeza de Javier, que seguía con aquel movimiento repetitivo. Sus primeros gemidos eran de verdadero placer. Los primeros placeres de su vida, seguramente, los más recordados.

Llegado un momento. Javier percibió la calidez del semen en su lengua, su boca. Tragó con decisión aquel extracto de la vida. Tenía cierto grado de pastosidad. Le gustó. Le gustó demasiado.  Aquel pene le inyectó, directo al corazón, su convicción de homosexual.

Javier no lloró aquella noche. Javier comenzaba a hacerse un hombre…

Gléz-Serna


Responses

  1. Yo veo a Javier mu espabilao, ¿eh? xDDDD

    • jajaja, tenía que disfrutar el pobre…Ademas, esos “momentos´´ en los vestuarios son super gratificantes…kuando te haces mayor ya no son lo mismo…Es un principio de sauna gay!!!!!…jajaja


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