Posteado por: entremildudas | diciembre 22, 2009

Reencuentro en Roma

Estimado amigo, quiero contarte algo. Ayer fue un día especial. Quizás sólo sea una tontería. Te puede parecer esperpéntico, sinceramente. Muchas veces, la realidad se funde con lo inimaginable, cuando eso sucede, algo cambia en nuestros corazones.

El tren, Leonardo exprés se llamaba, nos conducía desde el aeropuerto de Fiumicino hasta la estación de Termini.  Sentados en el vagón íbamos, Beni, Boni, Nena Palote, Visnú de Meller y yo. Pretendíamos aprovechar estos días navideños, para hacer unas compras en Roma, durante todo un día. Teníamos intención de ir a Via dei Condotti, donde se encuentran todas las firmas de lujo, habidas y por haber. Un lugar exclusivo de la moda europea. Mis amigos se aprovechaban de mi conocimiento sobre la ciudad.

El vuelo había sido puntual. En el mismo aeropuerto, tomamos el Leonardo exprés, como dije antes. Era un transporte cómodo, ya que por poco precio nos dejaba en el mismo centro de la ciudad, donde se encuentra Termini.

-Vamos dando un paseo. ¿No?. Serán sólo unos minutos- Propuse emocionado por volver a Roma.

-¡Qué dices, maricón!- Nena Palote se negó- Mejor vamos en taxi, que se ve igual y cansa menos.

-¡Eso! Que estos tacones cansan mucho, y hoy vamos a andar todo el día- Añadió Visnú.

-Está bien- Cedí- Pero somos cinco, no cabemos en uno…

-¡Quita, quita! ¿No decías que los romanos son unos locos al volante?. Verás cómo no pasa nada-Nena Palote tenía siempre mucha  desvergüenza- ¡¡Taxi!!

Nos montamos los cinco en el mismo taxi. Parecíamos sardinas enlatadas.

-¿Ves como se podía?. Además ya estaréis acostumbrados a estar apretujados, de cuando estabais en el armario…- Dijo Nena con sorna.

Al menos, el taxista nos dejó arriba de la Piazza Di Spagna. Mis amigos quedaron sorprendidos. Una larga escalera descendía a nuestros pies, enorme y simétrica. Una maravilla para la vista. Al final, allá abajo, una elegante y para nada ostentosa fuente, adornaba la plaza. Al frente, comenzaba nuestro lugar de destino, Via dei Condotti. Todas las firmas de alta costura peleaban por un puesto allí.

 Descendíamos sin prisa, saboreando el momento. Abajo, nos fundimos con una marabunta de señoronas, turistas e incluso algunos curas. Todos dispuestos a quemar la tarjeta de crédito. Nena Palote quería un bolso de Vuitton. Boni y Beni nada en especial, algún antojo. Visnú, la que más dinero tenía, bolsas de ropa, pero sobretodo, todos los tacones posibles, hasta llegar al límite de equipaje. Yo, únicamente, una chaqueta de Armani, era de pana, morada. Estaba enamorado de ella. Sin mirar precio. Total, para una vez que lo hago…

Mis amigos babeaban literalmente en los escaparates, disfrutábamos mucho, la verdad. Pero ocurrió lo inevitable. Cuando salíamos de Gucci, lo vi. Me quedé petrificado. La cara blanca. Tampoco parpadeaba. Parecía una estatua.

-¿Qué te pasa, mi amor?- Se interesó Visnú.

Reaccioné.

-Mirad allí. ¿ Le veis?. Ese es Silvio. Hace tiempo os hablé de él.

-¿Aquel de ojos verdes?

-Y que tiene la piel del color de la aceituna…-Completé yo.

-¡Joder, si que está bueno!- Nena Palote rompía el momento- ¡Corre con él!

Sinceramente, no necesitaba mucho apoyo para decidirme.

-¡Silvio!- Lo llamé cuando llegué a su lado.

Cuando se volvió y me reconoció, nos quedamos mirándonos. Yo era consciente de que había alguna posibilidad, aunque remota, de encontrarme a Silvio en Roma. Era su ciudad. Pero era complicado encontrar a alguien por casualidad, cuando sólo vas a la ciudad durante un día.

-¿Cómo estás?-Me interesé.

-Bien, gracias…-Su castellano siempre fue perfecto. Nos dimos dos besos, a modo de saludo.

-He venido con unos amigos, de compras…Que casualidad… Encontrarnos aquí, entre tanta gente…¿Tomamos una copa?- Le propuse, inquieto.

Silvio miró a mis amigos, y me preguntó

-¿Tú y yo solos?- Tenía una pícara sonrisa.

-Un momento…

Me excusé ante mis amigos. No les importó que me ausentara. Nos citamos en el aeropuerto, a la hora de  salida del avión. Me dieron ánimos.

Silvio me llevó a su piso. El edificio seguía como antes, despintado por fuera, decoración Ikea por dentro. Vivía en Santa María in Trastevere, yo prefería decirle la Triana de Roma, en recuerdo a mi ciudad. Trastevere está al otro lado del Tíber.

Una vez en el salón, recordé  momentos pasados, aquellos meses que viví con él.

-¿Quieres lambrusco o prefieres limoncello?- Recordaba mi gusto por aquellos vinos.

– Empecemos por el lambrusco…- Lo vi marchar hacia la cocina. Me quedé mirando tras la ventana. Todo seguía igual allí fuera. Los arboles, sin hojas en esta fecha, bordeaban el paseo del río. Los campanarios infinitos  despuntaban sobre Roma. Los puentes y edificios no habían cambiado. Parecía que seguíamos en aquel entonces, cuando éramos novios. Vivimos unos meses allí, luego se vino conmigo a Sevilla. Al poco tiempo, todo acabó. Decía que no podíamos forzarnos a vivir fuera de nuestras ciudades, que el que cedía moriría. No quise entenderlo, pero sabía que llevaba razón.

-Toma…- Silvio me dio una copa. Me sacó de mi ensimismamiento.

-Gracias…

Lo miré. Siempre fue guapísimo, al menos mis ojos así lo veían. Con una mano le desabroché la camisa, lentamente, botón a botón. Luego, le acaricié el pecho. Le besé los pezones. Reposé mi cara sobre su corazón, necesitaba volver a sentir aquel latido, junto a su respiración tranquila. Comenzamos a hablar, susurrándonos al oído. Nos pusimos al día sobre nuestras vidas.

Silvio es la única persona que  ha marcado  mi vida. He conocido a hombres, a mujeres, pero a nadie tan especial. Él supo hacerme suyo. Consiguió que me entregara sin condiciones, embriagarme de pasión. Mi corazón fue de su propiedad, y me temo que aún lo es.

La botella se terminó. Empezamos con el limoncello. Miramos el reloj,  conscientes del poco tiempo disponible. Decidimos no desperdiciarlo. Metidos en su cama, volvimos a follar como otras tantas veces. Quería volver a sentir aquel falo, y que él hiciera lo propio con el mío. Siempre congeniamos a la perfección en la cama. En un descanso, mientras fumábamos, decidí  resolver una cuestión, que me atormentaba desde que lo dejamos.

-Silvio…No he vuelto a enamorarme igual desde que te conocí…-Me miraba, atento a mis palabras- ¿Y tú?

-Yo tampoco, mi amor…

Aquello fue el detonante de un nuevo coito. No quería tomar el vuelo que me esperaba. Sabíamos que nos estábamos hiriendo. Abríamos una gran cicatriz del pasado. Nos quemábamos. Durante meses volveríamos a sufrir desde la distancia, hasta que de nuevo se fuera el dolor…

Ya vestidos, se ofreció a llevarme al aeropuerto, en su moto. Antes de salir del piso, puse mi billete de avión sobre la mesa.

-Silvio, tú decides…-No quería una despedida.

-Será mejor que te lleve…- Siempre representó la cordura en nuestra relación.

El amor hace cometer imprudencias, como la de no ponerse el casco. Imploraba que el aire de Roma me acariciara la cara, para recordar nuestros largos viajes en moto, por toda la geografía italiana. Lo que Silvio no notó fueron las lágrimas que surcaban mi rostro. Le agarraba con fuerza. Descansaba mi cara sobre su espalda. Mis manos, prietas, sobre su torso.

Llegamos a la terminal. Nos dimos un pico y un adiós. Me alejé sin mirar atrás, no quería sufrir más de lo necesario.

El avión despegaba.

-Cuenta, cuenta…- Se interesó Beni por lo ocurrido- ¿Habéis follado mucho?

-Sí.

-Se te ve triste, maricón…- Nena Palote se puso tierna.

-Mucho…Espero no volver a Roma.

-Pues tengo una triste noticia…

-¿Cuál?

-La chaqueta…

-¡Joder!

Me olvidé la chaqueta en el piso de Silvio. Entonces, sin quererlo, encontré la excusa perfecta para volver algún día a Roma, junto a él…

Esto fue lo que me ocurrió, amigo lector. Ayer resucité fantasmas del pasado. Reencontré un gran amor. Te voy a dar un consejo.  Si no eres fuerte, mejor que nunca vayas a Roma. Se dice que Paris es la ciudad del amor, no lo discuto, pero Roma es la de la pasión. El amor condiciona nuestras vidas, pero la pasión las cambia. Por eso, prefiero la pasión…

Gléz-Serna


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