Posteado por: entremildudas | diciembre 23, 2009

El sexo, mejor a oscuras…

Entré en aquel local, para probar fortuna. Tenía ganas de encontrar un amor, de esos de una sola noche. Por momentos, renuncié al eterno sueño de buscar  “algo más´´. La factoría Disney  traumatizó  a toda mi generación. Es dañino, para la estabilidad emocional, hacernos creer en “príncipes azules´´. Más que nada, porque sabemos que es una falsa, pero soñamos porque no lo sea. Nos ilusionamos. Buscamos una felicidad que no existe, sin pararnos a ver la que nos rodea. Somos seres egoístas, y yo el primero.

Como decía, yo comprobaba mi suerte. Quizás echara un polvo esa noche. Lo malo, que estaba emocionalmente mal. Una de mis recaídas, de lo mío. Me revolvía por dentro, pensando en lo que no tengo. Momentos en los que uno aborrece su soledad. Aunque, para ser sinceros, luego se añora esa soledad. Por eso, digo que somos seres egoístas.

No me desvío más de la historia. Mi suerte no fue buena, mejor dicho, pésima. Me rendí. Fui allí dentro. Donde los besos son anónimos. Donde los ojos no pueden ver, dejando que la imaginación vuele. Donde se respira el calor humano. Donde los cuerpos se refriegan, sudorosos. Donde privados del sentido de la vista, los hombres se aman. Más sencillo, en la sala oscura.

Mis labios besaron a otros labios. Eran carnosos. Tenía un poco de barba, sólo un poco, de unos días. Eso me gusta, mucho. Mis dedos rozaron su piel, la de la cara, era suave. Imagino que se cuidaba, que era de cremitas. El pelo lo tenía corto. Mientras, seguíamos con el beso. Lengua contra lengua. Mis manos fueron bajando. Llevaba camisa. Elegante, seguro. Por debajo, palpé un torso depilado, minucioso. Aunque prefiero algún pelo, me parece más natural, no le hice ascos. Tenía un fuerte pecho. ¿Y las espaldas?. Las espaldas eran anchas. Unas espaldas fuertes. Era de esas en las que clavar las uñas es un gusto. Me abrazaba fuerte. Me seguía gustando. Decidí dejar la mano izquierda paseando por su espalda. La mano derecha, la más puerca, tuvo el antojo de comprobar su culo. Joder, que culo tenía. La introduje bajo los pantalones. Era un trasero duro. Glúteos de divinidad. Tenía que ser un placer meterla en aquella calidez anal. Quizás tuviera la oportunidad. La mano acudió a la entrepierna. Por fuera no disgustaba, prometía. Yo, ya estaba cachondo, en exceso. Por dentro, apretado en aquellos boxes, su paquete no defraudó. Acaricié sus huevos. Depilados también. Duros, huevos duros.  La polla…La polla era como la espada de Damocles. No era  excesiva, pero tampoco pequeña. Era un falo digno. Perfecto para aquella noche. De momento, aprobé al maromo.

 Quería aprovechar el momento, no fuera a escaparse. Lentamente, le besé el cuello. Volví a la boca, para acudir otra vez al cuello. Pretendía ponerlo muy cachondo. Todo lo posible. Bajé, muy despacio, jugando con los tiempos. Mordí sus pezones, a través de la camisa. Seguía descendiendo. El camino, irreversible. Muy lento, desabroché el cinturón. Se impacientaba, conseguí mi deseo, que me suplicara. Le desnudé lo preciso. A oscuras, el morbo era total. No vernos las caras, sin compromiso. Pero con el propósito de que no olvidara mi mamada. Le exploré los huevos con mis labios, sin prisas, sorbía la piel con delicadeza. Me acariciaba la nuca. Así me gusta, pensé. Tonifiqué con la mano su cipote, masajeando. El masaje del pecado. Y por supuesto, pequé. Pecado capital. Placer prohibido. Llegó el momento, suplicado por ambos. Besé su pene. Jugué con mis labios y mi lengua, paseándolos por su sexo. Lamí cuidadoso. La introduje en mi boca, me follaba la boca. Despacio, pero poco a poco incrementando el ritmo, igual que el de nuestros corazones. Imploraba recibir mi premio, su semen. Sentirme gratificado por su esencia. Señalado como suyo. Soñaba con tener sus espermatozoides paseando por mi lengua. Permití que marcara su propio ritmo, con sus manos. Empujaba mi cabeza en un movimiento repetitivo. Incontable el tiempo, infinito. De repente, me apretó, forzándome, su polla apretada en mi boca. Oía jadeos, allá arriba. Todo su cuerpo vibraba. Noté la calidez en mi boca. Su semen, ya era mío. Lo tragué con gusto, deleitándome.

Incorporado, nos volvimos a besar.

-¿Cómo te llamas?- Me susurró

-Gléz-Serna.

-¿Cómo?

Me separé de mi amante. No respondí. Me escabullí.

Gléz-Serna


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