Posteado por: entremildudas | diciembre 23, 2009

Yo, puta…

Lucía estaba en paro, desde hace un año. El desempleo se le terminó. Tenía una hipoteca, y dos hijos que alimentar. El padre la dejó un par de años antes, por una mujer veinte años menor. La fuerza de la juventud es invencible. Toda mujer, de cuarenta años, debe de ser consciente  de que su marido le puede ser infiel con alguna jovencita. Es algo lógico, a las de veinte no les cuelgan las tetas. Mejor aún, tienen las tetas tersas y fuertes, una delicia para el tacto. 

Lucía un día tuvo que tomar una decisión. Seguramente, la más difícil de su vida. Lucía decidió hacer la calle. Hablando en plata, Lucía se metió a puta. No se mostró débil, ni asustada. Lo hacía por el pan de sus hijos, y la letra del banco. No se arrepintió. Pero jamás se sentiría tan sucia, tan vista, tan acariciada por desconocidos, tan follada, tan deseada  como en  la primera noche que hizo la calle. Luego todo fue mejor. Fue el origen de un gran ingreso económico. Lucía ganó más dinero que nunca, y nunca dejaría de ser puta. Se hizo devota de María Magdalena, patrona de su profesión. La más antigua de todas. Todos los días, antes de trabajar, le ponía una vela a su patrona.

Lucía, apostada en alguna farola, recordó a su primer cliente.

Era tarde, aunque no demasiado. En los bajos de aquel puente, varias señoritas se disputaban el mejor sitio, una curva. Muchas la miraban. Pensaban que era una nueva competencia. Nuevas disputas por los sitios. En resumen, más para elegir, lo que siempre era un inconveniente.

A Lucía le costó mucho decidirse. Fue a la zona con su coche, para cambiarse allí de ropa. No hace falta describir como era, todos sabemos cuál es el atuendo  de un putón. En los primeros minutos de espera, se estiraba constantemente la minifalda hacia abajo. Agarraba con fuerza el bolso. Los hombres sedientos que pasaban, notaban de momento su inexperiencia. Sin darse cuenta, con su forma de actuar, no tardó en que alguno se acercara. Una puta inexperta era una garantía de salud para el cliente.

Un coche paró a su lado. Bajó la ventanilla. Lucía se acercó nerviosa. Entre la oscuridad, pudo ver aquel rostro, lleno de arrugas. Su primer cliente fue un viejo.

Una vez sentada en el vehículo y acordado el precio, Lucía comenzó su labor. Aquel anciano pidió una felación. Se notaba su inexperiencia, sus nervios. Lucia no la chupó nada bien. Pero todo hay que decirlo, aquellos lametones nerviosos daban mucho morbo. El anciano disfrutaba de la carne fresca. Le acariciaba la nuca a Lucia. Cuando terminó, le dio un poco más de lo acordado, como propina…

Lucia ya había perdido la cuenta de las pollas que llevaba comidas. Nunca eran demasiadas. Ganar dinero era su fin. Menos mal, un nuevo coche se acercó, una polla más para la lista…

Gléz-Serna


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