Posteado por: entremildudas | diciembre 27, 2009

Pasión en el estanco…

Entré  en aquel estanco, buscaba un paquete de Lucky Strike.  Tenía esa necesidad, que sentimos los fumadores, cuando nos quedamos sin tabaco. Pero cuando vi al dependiente se me quitaron las ganas. Lo conocía de vista. Me sonaba su cara, de una discoteca de ambiente, una de tantas que frecuento. Además, tenía tanta pluma que no podía negar su pérdida de aceite.

Era primera hora de la tarde. Estábamos en Agosto. Todo el mundo sabe que en Sevilla, en esa fecha, podemos tener cuarenta y cinco grados a la sombra. El sudor corría por nuestras frentes. Pero el calor  no impedía que me fijara en sus ojos, en su boca. Me apetecía hacerlo con él. Sin miramientos, detrás del mostrador, aunque nos pudieran pillar. Mejor aún, más tensión para el momento, más diversión.

-Oye, me suena tu cara…-Comencé a hablarle.

-¿Sí?

-Sí, sí. Creo que te veo mucho, en cierta discoteca…-Me hacía el interesante.

-Am, puede ser…-El chaval me miraba interesado.

-Además, tu cara es difícil de olvidar. Eres guapísimo…

No esperé respuesta. Me lancé sobre su boca. Me salté el mostrador. Nos apoyamos en una estantería, abrazados. Los paquetes de tabaco caían por decenas. Nos caían encima, nos golpeaban. No paramos hasta que cayeron todas las cajetillas de la estantería. Nos distanciamos. Nos mirábamos. Nos devorábamos con la mirada. Estiró un brazo. Me agarró el cuello de la camisa. Entonces, se acercó veloz, a mis labios. Nuestras lenguas comenzaron a entablar combate. Nuestras manos nos exploraban con fuerza. La ropa arrugada, descompuesta. El establecimiento se desordenaba por momentos. Parecía que dos bestias habían comenzado una lucha. Nos descamisamos, sin miramiento. Me rompió los botones de la camisa. Nos mordíamos la cara, el cuello, el pecho. Nos arañábamos las espaldas, los muslos, los culos. Refregábamos nuestro sexo con el del otro. El sudor nos tenía empapados. Si fuera hacía cuarenta  y cinco grados, dentro había cien. La ebullición de nuestra sangre comenzaba. Mezclábamos nuestro sudor. Nos bebíamos el sudor del otro. Pasábamos nuestras lenguas por la piel del otro.

Éramos amantes terribles, insaciables.  Nos tumbamos sobre el mostrador.  Teníamos ya la necesidad de ir más allá. Necesitábamos la penetración. Follamos con toda nuestras fuerzas, nuestra alma. Lo pasamos genial. Fue un momento mágico.

Cuando terminamos, nos quedamos tumbados unos segundos. Uno encima del otro. Comenzamos a mirar a nuestro alrededor. Todo estaba por los suelos. Las estanterías caídas. Parecía que un terremoto hubiera desmontado todo el tinglado.

-Joder, no veas maricón la que hemos formado…-Opiné.

-Lo malo es que lo tendré que recoger  yo solito…-Me miró con una cara de súplica fingida.

-Bueno, bueno. Te ayudaré,  si cuando termines de trabajar vienes a mi piso…

-Maravilloso, maricón, eso aremos.

Entonces nos miramos de nuevo. Nos besamos con ternura. Piiiiiimpuuuum, una alarma de movimiento anunció que alguien entraba. Miramos los dos hacia la puerta, asustados. Una vieja nos miraba con la boca abierta. Todos en silencio. A la vieja se le cayó el bolso al suelo, lo recogió, se dio la vuelta, y se marchó. Nos volvimos a mirar. Sin entender lo que acababa de ocurrir. La vieja nos había pillado desnudos, tumbados sobre el mostrador, besándonos. No sé cómo no se infartó…

Gléz-Serna


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