Posteado por: entremildudas | enero 1, 2010

Amores que matan

Calle Santo Rey Nº 25, Barrio de San Bernardo, Sevilla. Año 1898.

Dos soldados vestidos de gala llamaron a la puerta de aquella casa señorial. Jacinta abrió la puerta, era la jefa de servicio de la familia.

-Buenas tardes. ¿Qué desean?

-Buenas, traemos un mensaje para la madre del Capitán Don Joaquín Oliva.

-Un segundo- Jacinta cerró la puerta. A los pocos minutos, volvió a abrir- Pasen, la señora les espera.

Jacinta los condujo al salón de recepciones. Sentada, una joven mujer, la piel blanca como la leche, señal de su condición social. La mirada muy seria. Elevó el brazo derecho, mostrando el envés de la mano, esperando que la besaran. Los soldados le besaron la mano.

-Pueden sentarse. Mi nombre es Carmen Oliva,  soy hermana de Joaquín. Nuestra madre no puede atenderles, está indispuesta- La verdadera razón era que no quería preocupar a su madre, se había confabulado con Jacinta, para que la entretuviera  mientras ella atendía a los soldados.

-Señora, venimos  a darle el pésame por la muerte de su hermano, en nombre de España.  Nos consta que ha hecho mucho por nuestra patria, luchando contra los rebeldes cubanos y los estadounidenses.

-¿Cómo ha sido?- Su mirada no se había inmutado, estaba educada para llorar en intimidad.

-Ajusticiado. Su hermano ha muerto fusilado. Ocurrió hace tres meses, en Santiago de Cuba. Se le acusó de asesinar al Capitán Fausto López. No obstante, se le ajustició respetando su rango. El Marqués de la Serna, amigo de vuestro difunto padre, intermedió para que no se le condenara a la horca, cómo se hace por el delito de traición.

-Aún así de nada sirvió su apellido, de una forma u otra se le asesinó.

-Señora, su hermano cometió un crimen…

-Razones tendría…

En ese instante una puerta se abrió. Apareció Bernarda de la Santísima Trinidad, la madre. Apoyada en su bastón. La intentaba retener Jacinta, que miraba hacia Carmen con preocupación.

-¡Qué ha ocurrido!-Inquirió la madre, apuntando con su bastón hacia los soldados- ¡Qué ha ocurrido con Joaquín!

– Señora, su hijo ha muerto- Los soldados se incorporaron

-¡Cómo!

-Ajusticiado por traición.

-¡Mi hijo  no es un traidor! ¡Mi hijo dedicó su vida a España!

-Señora…

-¡Silencio! ¡Fuera de mi casa!- Bernarda se llevó una mano al pecho. Palideció. Se derrumbó. Bernarda  cayó al suelo, cuando tocó el mármol ya había fallecido.

El servicio acudió en su ayuda, no había nada que hacer. Durante diez años la casa estaría en luto riguroso, cortinas negras y silencio absoluto…

*             *             *

Tres meses antes. Santiago de Cuba.

Joaquín  Oliva llevaba un mes en la isla. Su batallón estaba destinado a luchar contra los rebeldes,  defendía la ciudad de Santiago de Cuba. La guerra se iba recrudeciendo. Se vaticinaba un desastre. Nadie quería ser destinado a la isla, sólo iban de manera obligada. No obstante Joaquín pidió traslado voluntario. No quería seguir en su cómodo puesto en la península. Temas de amores.  Joaquín era homosexual reconocido, un adelantado a su época. Era rubio, con ojos grises. Decían que era muy guapo.

Tuvo un romance con un compañero, el Capitán Fausto López.  Era una relación oculta, como regía lo establecido en esos tiempos. Amores furtivos. Pero esta era una relación consolidada. Ambos de familia rica, que aprovechaban viviendas vacías en su propiedad para crear su nido de amor por una noche. No obstante, hay veces que el amor acaba. Fausto era celoso por antonomasia, no aceptaba que su relación finalizara. Le amargaba saber que Joaquín rehiciera su vida con un joven soldado. Le corroía saber que Joaquín, por guapo, nunca escaseaba en amores. Fausto no quería una nueva relación, quería a Joaquín, le amaba. Todo fue degradándose, hasta el punto que Fausto acosaba a Joaquín, malmetía en sus relaciones. Hacía correr rumores sobre sus parejas, para que la gente supiera sobre sus gustos, esto perjudicó a su nuevo novio, porque al no ser de familia era perseguido por homosexual. Entonces Joaquín no aguantó más. Solicitó destino voluntario a la Guerra de Cuba, donde pudiera olvidar sus problemas. Así podría alejarse de los celos de Fausto, no quería que él hiciera daño a sus nuevas relaciones. No soportaba la situación.

Su táctica funcionaba. La isla fue un gran descubrimiento. El Marqués de la Serna, eterno amigo de su familia, y que residía en Cuba, le ayudó a tener un buen destino, la defensa de la ciudad de Santiago. Allí pudo gozar de grandes amores mulatos, de la exquisitez del ron y del tabaco habano. Aunque por otro lado la contienda era muy dura, muchos compañeros perecían,  la mayoría de las veces por la escasez de medios.

Una noche de permiso, Joaquín acudió a una taberna que frecuentaba. Noche de naipes y alcohol, con intermedios dedicados al amor. Lo que no se podía imaginar es que por aquella puerta  apareciera Fausto. Se acercó a la mesa.

-Buenas noches, Joaquín.

-¿Qué carajo haces aquí?

-Te he seguido, he pedido destino aquí, a tu lado…

-¡Déjame tranquilo! ¡No te das cuenta de que he venido a la guerra para huir de ti!

Joaquín abandonó  el bar, corriendo. Detrás, le seguía Fausto. Joaquín no soportó más la situación. Se paró en seco. Se volvió, esperando a que Fausto le alcanzara. Por estar en estado de guerra iban armados con su reglamentaria. Joaquín desenfundó su pistola. Apuntó a Fausto hacia  la frente.

-¡Olvídame! ¡Joder! ¡Vas a conseguir que te mate!

-¡Mátame si quieres, te amo, tendrás que disparar si no quieres que siga a tu lado!

Joaquín no dudó en apretar el gatillo.

                                                           *            *             *

Dos semanas después.

La celda apestaba a heces y orín. La oscuridad era total. El chillido de las ratas era la única ruptura con la monotonía. Alguien abrió la celda, entró un hombre alumbrado por un candil, era el Marqués de la Serna.

-Joaquín…

-¡Señor Marqués!

-Tengo que decirte algo. Esta tarde se te ajusticiará, condenado por traición y asesinato de un mando español. No hace falta que me des explicaciones, imagino lo ocurrido, conociendo tu relación con Fausto. He intercedido para que se te fusile, en vez de la horca. Es menos doloroso. Se te permitirá lavarte y vestirte de gala, puedes ir con el rostro descubierto. Tu cadáver será enterrado aquí en Santiago, no se tirará al mar, como se hace con los traidores. Sé que no eres un traidor, puedes confiar en mí…

No hubo más palabras. Se abrazaron.

En la tarde de autos, Joaquín hizo acto de presencia  vestido de gala, con el rostro en alto, orgulloso por su sangre y  trayectoria. Todos los soldados estaban expectantes, haciendo un corro alrededor del patio del cuartel. Lo llevaron a uno de los muros, le soltaron los grilletes. Joaquín recompuso su ropa. Se cuadró, esperando. Cinco soldados llegaron, formaron justo en frente suya. La orden de fuego la daría el general. Joaquín estaba tranquilo, sabía que estaba condenado de ante mano, no tenía otra solución su relación con Fausto, asumía con estoicismo el final. Los ojos abiertos, y de frente. Denegó el permiso para hacer una oración, tenía ganas de terminar.

-¡Carguen!- El general dio la primera orden. Los soldados la cumplieron.

-¡Apunten!- El general levantó el sable, dirección al cielo. Esperó unos segundos, el silencio era absoluto.

-¡Fuego!- A la misma vez descendió el sable, cortando el aire.

Cinco balas se hundieron en el pecho de Joaquín. Se derrumbó a un lado. Estaba agonizando. Un hilo de sangre asomaba por sus labios, tiñéndolos de rojo pasión. Sus ojos grises comenzaban a apagarse, mirando a la inmensidad del sol. Uno de los soldados se acercó, pistola en mano. Apuntó a la sien. Un disparo de gracia acabó con su vida.

Hay veces que el amor no entiende de razones. Hay veces que el amor lleva a los amantes a la muerte.

AVISO: Este relato está basado en hechos reales, la historia de mi familia. Joaquín era familiar mío, hermano de la abuela de mi abuela materna. El Marqués de la Serna fue el bisabuelo de mi abuelo materno, no tuvo relación directa con este suceso, salvo por el hecho de su participación en dicha guerra. Por cosas del destino, sus descendientes se unieron, dando como fruto a mi madre.

Gléz-Serna


Responses

  1. vamos, yo estoy flipando con la historia de tus antepasados. Flipo en demasía… Tiene razón tu abuela con lo de los machos de tu familia, ¿no? ¿Pero desde tanto tiempo atrás

    • Dice mi abuela: “Los hombres de mi familia, el que no es borracho es maricón´´.

      Y yo no soy borracho…xD


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