Posteado por: entremildudas | febrero 7, 2010

Sexo en baños públicos

Todo ocurrió hace tiempo. La Alameda de Hércules estaba abandonada. Sólo la frecuentaban putas, yonkis, punkys y maricones. Quien vaya ahora lo verá todo arreglado y con una afluencia pija y muchos maricones sofisticados. Las putas y los yonkis fueron expulsados. Los punkys han sido desplazados en cierta medida. El progreso llegó, es lo que dicen. Admito que aquel submundo tenía un encanto especial. Todo ocurrió por aquel entonces. Sacha, famosa discoteca gay, estaba en Torneo. La chata, la botellona gay, se hacía aún en Reyes Católicos. Éramos muy pocos quienes la frecuentábamos. Todo maricón que conozca Sevilla adivinará que hace unos cuatros años de ello. Yo tenía dieciséis. Época de mis primeros pinitos en el ambiente. La Alameda de Hércules era mi segundo hogar. Un mundo rosa se abrió ante mí. La vulgaridad y la superficialidad me invadieron. Ya había tragado alguna polla, pero hasta entonces no fue en plan profesional. Si no me dedico a la prostitución es porque me parece inmoral cobrar por algo que disfruto tanto. Prefiero follar gratis con todo lo que se deje. Pero hubo una excepción. Una noche cobré porque me hicieran una mamada. Me pagaron. Eso fue lo que ocurrió hace ahora cuatro años, cuando tenía dieciséis…

                                                         *           *            *

Me encontraba en una discoteca. Me había colado, el portero no me pidió el DNI. Si lo hubiera hecho no podría haber entrado, por menor de edad. El mundo rosa me había dominado. Sólo pensaba en pollas, en tragarlas, y en culos para meterla. Fue una época poco bisexual para mí.

Yo estaba borracho. Me excusé ante mis amigos para ir a mear. Subí a la segunda planta. Entré en el baño. Era un pasillo oscuro. Tres urinarios y uno de suelo tras una puerta. Azulejos azules a juego con los urinarios. Me encantó ese detalle. Estaba solo cuando empecé a mear. La puerta se abrió. Un hombre entró. ¿Tendría treinta?. Por aquel entonces uno de treinta me parecía un viejo. Se puso a mear junto a mí. Me  miró la polla, con descaro.

-Me gusta tu polla…

-¡Oh! Gracias, tío.

-¿A ver cómo es?

Se la enseñé. La agarró. La sopesó. Acercó los ojos, estudiándola.

-¡Nunca he visto una polla así!

-¡Es que mi polla es muy original, corazón!- No dudé de su palabra.  Un antojo de nacimiento la adorna. Una mancha muy oscura, casi negra,  que simula un anillo. Con el tiempo se ha ido borrando. Ahora sólo es como medio anillo.

-Jajaja. ¡Me encanta! ¿Puedo comértela?.

Le miré extrañado. Repito que por aquel entonces uno de treinta me parecía un viejo. Mi mirada fue descarada.

-¡No me mires así! Es que no me perdonaría dejar escapar una cosa así…Me ha encantado tu nabo…

Volví a mirar con cara de asco. La adolescencia nos convierte en seres crueles. Nos creemos perfectos y alguien sólo unos años mayor nos parece un anciano pasado de moda.

-Mira, si quieres te pago. Te doy veinte euros si te dejas…

-Está bien…-Me hacía falta dinero. Mi paga semanal era de doce euros. Se trataba de una gran golosina. Por eso acepté.

Nos metimos en el baño de suelo. Cerramos la puerta. Me la comió con mucha profesionalidad. Aprendí bastante aquella vez. Además de didáctico y placentero cobré veinte pavos. La primera y única vez que me he prostituido…

Gléz-Serna


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